El riesgo actual de opinar siendo mujer y periodista

Publicamos un texto de la periodista chilena Javiera Tapia en el que denuncia el acoso que está viviendo por criticar el machismo del periodismo musical. Toda nuestra solidaridad y nuestro apoyo.

El día lunes 23 de noviembre publiqué dos columnas en POTQ Magazine (web chilena especializada en música) sobre Feria Pulsar, un encuentro de industria que realiza anualmente la Sociedad del Derecho de Autor, en la que se reúnen sellos, empresas ligadas al negocio musical, charlas y conciertos durante tres días. En el primero, establecí una crítica al funcionamiento de la feria, debido a diversos factores. Incluí comentarios acerca de una exposición puntual. Esta era presentada por Rockaxis, un medio de comunicación chileno y habían tres personas en la mesa de los encargados de guiar la conversación. Uno de ellos era Francisco Reinoso, parte del comité editorial de este medio. Él dijo que los medios digitales eran “blogs que no realizan un trabajo serio, donde no reciben pagos y se quedan contentos cuando les regalan entradas”. Por supuesto, esto lo incluí en mi nota.

El segundo texto que publiqué fue una columna dedicada a una acción de marketing que realizó Rockaxis, el medio de comunicación, en Feria Pulsar. Decidieron hacer un concurso y lanzar una app, para esto, tuvieron tres días a tres señoritas de pie como un ornamento en su stand, para el deleite de los rockeros. Esa misma exposición en donde estaba Francisco Reinoso, aproveché la ronda de preguntas finales para poder preguntarle en público, delante de todos los asistentes, cuál era la relación entre la línea editorial, la música, el rock y el hecho de tener chicas promoviendo algo. El audio de ese intercambio fue grabado y reproducido de manera íntegra. Después de la publicación de estos dos textos, aparece una (más bien dos) nuevas historias y bastante lamentables.

Yo sé que si publico textos en Chile haciendo una crítica, probablemente, me lleve un mal rato. Lo tengo claro. Y esto es porque en mi país no existe la crítica musical. En primer lugar, se cree que hablar de música es simplemente hablar de música y esto rara vez incluye a los elementos que están rodeándola, como medios de comunicación, publicaciones y opiniones, entre otros. Sabiendo esto, mi decisión ha sido publicarlos igual, porque el hecho de que no exista, me hace mucho más urgente la necesidad de que nos demos cuenta de que sólo estamos contribuyendo a un periodismo mediocre, sin análisis ni ideas y miedoso. Esto último, porque temer a publicar un tema y abrir un debate trae consecuencias. Esta semana me di cuenta que son más feas de lo que yo creí, pero existen. Y yo no tengo miedo. Y nadie debería tenerlo.

Luego de publicar ambos textos, diferentes personas, a través de diferentes canales me dijeron que lo mío no era una crítica. Era un texto sesgado y basado en algún problema personal que yo supuestamente tenía con Francisco Reinoso, el periodista que estaba representando a Rockaxis en esa sala, cuando yo hice una pregunta. ¿Por qué cuando una mujer plantea un discurso crítico en público esto se traduce inmediatamente en que tiene problemas personales con alguien? ¿Tan difícil es pensar que una mujer profesional está haciendo su trabajo y en un texto solo expone parte de su razonamiento? Si hubiese sido otra persona la que estuviera en esa charla ese día, la editora del medio, otra persona del comité editorial, el gerente comercial o su director, mi columna hubiese sido exactamente igual, porque apunta a criticar una acción y una lógica de pensamiento, no a una persona.

Más tarde, comencé a ver otros efectos de este texto. La persona mencionada en ambas columnas (le tocó sólo porque era quien estaba presente) se comunicó con el director del medio del cual soy editora. Mi director le mencionó que yo era la editora del medio y también la autora del texto, que hablara conmigo. Él dijo que no le interesaba hablar conmigo. Cuando supe esto pensé ¿acaso estas cosas se arreglan entre hombres? Yo no hubiese tenido ningún problema en escucharlo y recibir sus comentarios.

Cuando yo pensaba que esta historia estaba decantando, pasó algo misterioso. Hace casi un mes (el 23 de octubre para ser exactos) publiqué en el mismo sitio una columna sobre una crítica puntual, sobre un concierto que dio Ariana Grande en mi país y que apareció en un medio generalista, La Tercera. A partir de ella, quise hablar sobre el tratamiento que muchas veces reciben las audiencias de mujeres adolescentes en la prensa y también sobre los prejuicios con los que el periodismo musical se enfrenta a ciertos géneros.

Lo misterioso sucedió el jueves 26 de noviembre al mediodía, cuando me llega un tweet del autor de esa columna que yo estaba criticando. Su nombre es Marcelo Contreras. Un mes después de la publicación de ese texto, misteriosamente en esta semana en la que me llegaron ataques y mensajes odiosos de, por ejemplo, periodistas hombres chilenos y hombres a cargo de equipos editoriales de radio, decidió acusar recibo y lectura de mi columna. Minutos después, veo que mi casilla de mensajes privados está bastante llena. Y es él, nuevamente. Reproduzco íntegramente (con las faltas de ortografía y redacción con las que llegaron a mi bandeja de entrada), a continuación:

“Hola. Acabo de leer tus comentarios sobre la reseña que hice de Ariana Grande. “Si ya no te gusta escribir de música, no lo hagas o, si vas a insistir en hacerlo, intenta que no se note”. Javiera, si vas a dar consejos, tómate tu tiempo y escríbeme, hablemos, discutamos. Yo tengo una opinión sobre tu trabajo también, y la podría hacer pública, pero es más probable que alguna vez te las diga en persona. Eres bien buena para pontificar y sacar en cara que llevas ocho años trabajando. te gusta dar lecciones a diestra y siniestra. est

Está bien, pareces algo resentida en general, pero los recados públicos ¿por qué? Lo siento innecesario.

La musica Javiera, me apasiona. Y hay otras cosas que no, que considero menores. Son juicios, perspectivas. Pero, veamos este caso: no me gusta Ariana Grande y eso me transforma en alguien que no disfruta de la música, que trabaja como obligado. Ni siquiera me conoces, es mucha la liviandad para hacer esos juicios. Los ocho años de carrete que sacas a relucir de tanto en tanto, no se notan mucho porque resultas destemplada. Escribes bien, se nota que te gusta la música y lo celebro. Es más, algunas de las cosas que escribiste sobre Pulsar me parecieron súper bien, como en otras creo que te equivocaste rotunda. Pero, ¿podría entonces yo, por ejemplo, decir públicamente que eres una feminista trasnochada? Ni cagando.

Yo supongo que como eres relativamente joven, crees que el periodismo musical serio empezó con tu generación. En algún momento todos creemos algo así, como el tiempo luego te demuestra que es un error.

Por cierto, los consejos sobre cómo enfrentar una página en blanco me sacaron risas. Llevo enfrentándome a páginas en blanco hace más de 20 años. Supongo que a estas alturas ya debiera tener más o menos claro qué preguntas debo hacerme a mi mismo. Soy viejo Javiera, tengo 43 años. Reporteo y escribo cuando los celulares parecían un aparato de la guerra de Vietnam. Cuando entré a trabajar a radio Cooperativa me tocó lidiar con un tipo de 73 años que estaba muy asustado por la gente joven que llegaba. Era entendible. Claramente estaba en el final de su carrera y yo recién calentando motores. Pero yo no soy un anciano. Estoy pleno. He visto muchísima música en vivo en distintas partes del mundo, probablemente soy uno de los tipos de esta área que ha visto más artistas en directo, no creo fanfarronear, es un hecho por los 12 años que hice esa pega para El Mercurio y los cuatro que llevo en La Tercera. Supongo que algo sabré. Fenómenos de música infantil he presenciado por montones, tengo parámetros, no solo una supuesta falta de interés y tedio, como tan ligeramente asignas. Eres periodista. Cuida tus palabras, que no son gratis”.

Para este periodista, el hecho de que una mujer que trabaja en la misma área que él y que establezca una crítica en público, significa pontificar. Significa enviar recados públicos. Significa estar resentida (además piensa que yo deseo trabajar en un lugar “mejor” y recibir un “mejor sueldo”. Equivocado por lo demás, vivo de escribir sobre música. Me encanta mi vida).

Lo más interesante, es que en este mensaje además de descargar su misoginia por completo (“feminista trasnochada”) y amenazarme al final (“cuida tus palabras, que no son gratis”), me confirma que su visión de la escritura de música en prensa está desactualizada, muy poco reflexionada y que, a pesar de tantos años escribiendo en periódicos, hay algo que pasa por alto. El espacio que él tiene en los medios tradicionales es muy pequeño. Todos los que hemos pasado por la redacción de algún periódico sabemos que lo último que le importa al editor es la sección de música (y eso es algo que en Chile ahora es más evidente). Él no está acostumbrado a recibir críticas, precisamente, por este motivo. Nadie lo critica, nadie lo comenta, no existe un escrutinio de su trabajo ni siquiera dentro, porque a nadie le importa. Y vivir décadas de esa sensación se traduce en una intolerancia profunda a la crítica, como también al desarrollo de un ego bastante venenoso, que crece y crece al no pensarse en el espacio, ni el tiempo.

Mi columna fue algo que se estableció desde un comienzo como una crítica a una publicación, con comentarios acerca de lo que provoca leer un texto como el suyo y jamás a un hecho de su vida privada. Para él, por supuesto, es algo personal. Como si yo por algún extraño motivo estuviese decidida a destruirlo. ¿Por qué? ¿Por qué el matonaje?

Él también decidió comunicarse con el director del sitio del cual soy editora. Por supuesto, la conversación más dura se debe dar entre hombres y el mensaje fue claro: controla a esta pendeja. Sé perfectamente cuáles fueron los contenidos de esa conversación y su forma: fue más violento, también con amenazas y por supuesto, con insultos de última clase hacia mí y mi trabajo.

¿De verdad es necesario llegar a amenazar a alguien por criticar algo que publicaste? ¿Crees que eso te hace mejor profesional, mejor persona? Yo no lo creo.

Ambos periodistas (guardando por supuesto los niveles, Marcelo Contreras es directamente un matón de cuarta), me demostraron que en el 2015 el hecho de que una mujer construya un discurso crítico en público sigue siendo problemático para algunos. Sigue viéndose como algo que una histérica quiere decir para vengarse por cuestiones personales (en este caso es más inverosímil este argumento, porque no los conozco en persona).

Yo sé que lo que publico en algunas ocasiones puede incomodar a algunos sectores. ¿Cuándo se nos olvidó que este es uno de los trabajos que debe hacer la prensa? ¿Por qué la musical debiera estar exenta de ello? ¿Por qué para muchos hablar sobre el lugar que ocupa la mujer en diferentes áreas de la industria musical es algo extra musical? Esto, además de demostrarme la misoginia naturalizada en el medio en el que me desenvuelvo, también deja expuesto triste: aún no se puede debatir y no puede existir un diálogo argumentado entre quienes escribimos sobre música en Chile.

Si publico esta experiencia, no es porque pretenda victimizarme. Probablemente, lo que esperaba Marcelo Contreras con sus amenazas y lo que pretendían ambos periodistas con las llamadas al director de mi medio era callarme. Una está acostumbrada a quedarse en silencio cuando suceden cosas así y opté por ser más valiente, no tener miedo y exponer todo esto, para que se sepa a qué nos enfrentamos las mujeres, muchas veces, durante nuestra vida laboral. Tuve dudas de exponer esta situación hasta el último minuto y creo que esa es la prueba empírica de la presión a la que frecuentemente estamos sometidas y, a la que muchas veces, cedemos. Para mí esto nunca fue personal. Desde el momento en que comencé a recibir amenazas, sí se convirtió en eso.

Anoche, luego de que pasara todo esto fui a cubrir un concierto. En la puerta del teatro se me acercó una periodista que no es mi amiga, pero sí nos conocemos. Me saludó, me dio las gracias por las columnas y me dio un abrazo. Fue precisamente en ese momento, en el que sentí que lo que estoy haciendo al tener una agenda feminista dentro del periodismo musical, es el camino correcto.

Escuchando los discos del maromo: punk y cultura de la violación

Sarah O’Holla es una bibliotecaria neoyorquina autora del blog My Husband’s Stupid Record Collection, que documenta el proceso de escuchar y comentar, uno por uno y en orden alfabético, todos los discos de vinilo de su marido Alex. El blog de Sarah se ha hecho popular con rapidez gracias a un enfoque fresco, desprejuiciado y sincero. Aunque también ha sido criticado por reproducir un estereotipo de género frecuente en la pareja heterosexual: él es el melómano especialista, la voz de autoridad, y ella la “buena salvaje” que ha de ser educada. A continuación traducimos parte de un post en el que describía su reacción al escuchar la recopilación The Blasting Concept (1983) del famoso sello de punk norteamericano SST. La portada es un ejemplo de normalización de la cultura de la violación en el imaginario visual.

the blasting concept cover<<Si no conecto con esta música, es en parte por la portada del disco. Alex me ha dicho que el autor es el artista Raymond Pettibon, autor también de la mayoría de las portadas del sello SST y hermano de un miembro de Black Flag que también dirige SST.

Yo ya conocía a Raymond Pettibon. Vi una exposición suya en el Museo Whitney en 2005, cuando yo trabajaba allí, y tengo su libro Turn To The Title Page. Pero esta portada es muy dura. Sale una mujer desnuda, violada y estrangulada por un hombre, y al fondo se ve una explosión nuclear a través de una ventana abierta. Me gustaría pensar que lo que quiere transmitir es el horror de la violencia contra las mujeres y la guerra, y la destrucción que son capaces de causar los seres humanos. Pero si pretende ser irónica, la verdad es que no me queda muy claro. Me parece simplemente cruel.

Así que decidí llamar a mi amiga Kara Kvaran, profesora universitaria de Estudios de Género y fan de toda la vida del punk, para saber qué le parecía esta portada. Hizo la tesis sobre el género en el punk y pertenece a la subcultura punk. Cuando le expliqué que la imagen me impactaba, pero no en el buen sentido, me respondió lo siguiente: “Si lo que quieres hacer con tu arte es causar impacto o satirizar, no dibujes algo que es la realidad de muchas mujeres. Porque las violaciones a mujeres son tan frecuentes y se toman tan poco en serio que en mi opinión mostrar una imagen como esa no es satírico. Equivale a decir que eso es lo que les corresponde a las mujeres. Esa imagen dice: ‘No nos tomamos en serio la violación’. Y de esa manera, no resulta escandalosa o satírica, sino que responde exactamente a lo que se espera de ella.”

En la Universidad de Akron, donde da clases Kara, alguien escribió hace poco en el tablón de anuncios de una residencia de estudiantes: “No es violación si gritas ‘¡Sorpresa!’”. Una alumna que se sintió molesta decidió hacer una foto y publicarla en la página de Facebook de la residencia. La reacción no fue buscar a la persona que lo había escrito ni abrir un diálogo sobre cómo se sienten las mujeres frente a cosas como ésa, sino que le dijeron a la chica que quitase la foto porque daba mala imagen a la página de la residencia. Kara me dijo que nuestra conversación sobre esta portada le recordaba a aquel incidente. “Es la definición misma de la cultura de la violación. Cuando vives en esta cultura, mostrar una imagen de una violación femenina no es satírico ni escandaloso. Es algo manido, habitual, y forma parte del problema.”

He de reconocer que me resulta difícil obviar la portada y escuchar la música objetivamente. Esta recopilación no incluye ni a una sola mujer, y aunque el punk es una reacción en contra de cierta cultura mainstream, el mensaje de esta portada hace que resulte tan mainstream y excluyente como una fraternidad universitaria. ¿Qué tiene de diferente lo que hacen estos tíos? Este disco me dice que yo soy esa mujer a la que violan, con las tetas al aire y una cadena alrededor del cuello, y que esta música no es para mí. Se supone que la sátira da voz a las personas que carecen de poder, pero esta imagen las ignora y aliena aún más.

¡Al final, en esta escucha he acabado centrándome en la portada! Y es que aunque estoy a favor de las obras de arte que te afectan, y vaya si ésta lo ha hecho, soy incapaz de ignorarla. Básicamente, me quita las ganas de volver a escuchar el disco.>>

Esta entrada se ha redactado en colaboración con el blog Los cinco se sobreexcitan.

Lidia Damunt sobre el sexismo en la escena musical

Destacamos un par de frases de Lidia Damunt en la entrevista publicada en el número de marzo de Rockdelux.

Lidia Damunt acaba de publicar un disco en su nuevo sello, Tormina Records, con versiones de diez mujeres artistas (La Niña de los Peines, Lola Flores, Julieta Venegas, Mari Trini, Rocio Jurado, Sophy, Las Cuatro Huasas, Lydia Mendoza, Chabuca Granda y Violeta Parra).

Me gustaría que hablar un poco de tu experiencia del sexismo en el mundillo musical. Me da que tienes tendencia a quitarle hierro en las entrevistas…

Lo que me pasa con este tema es que realmente estoy muy desconectada de la “escena musical”: hago pocos conciertos, ensayo en mi casa y tengo poco que aportar a nivel de experiencias personales. Me molesta por ejemplo que la mujer tenga que estar hipersexualizada para ser visible en la música, como pasa con Miley Cyrus. Para contrarrestar, voy a empezar a tocar con un poncho.

¿Algún ejemplo de sexismo en la escena indie, alternativa o como quieras llamarlo?

En 2012 fui a Radio 3 a hablar de “Vigila el Fuego” a un programa que hacían por la mañana, creo que se llama “Hoy empieza todo”. La actitud del presentador me parecía muy condescendiente, me preguntaba acerca de las letras de las canciones y me decía “¿estás enamoradaaaaa?”, y cosas así, de una forma muy tonta, poniendo voz de Bambi. Miraba con horror la portada del disco porque salgo yo con cara muy seria y esto le desconcertaba. Me fui un momento a por agua en una de las pausas del programa y cuando volví al estudio me lo encuentro tocando mi guitarra. Pienso que si yo hubiera sido un señor no se hubiera atrevido a cogerla sin preguntar antes, desde luego ahí sí que me tocó la moral.

Las mentiras de la Beatlemanía

Este mes se cumple medio siglo del comeinzo de la Beatlemanía, el desembarco en Estados Unidos del grupo pop más famoso de todos los tiempos. Como es costumbre, los medios de comunicación reducen el fenómeno a un grupo de adolescentes histéricas cegadas por un grupo pop. La periodista musical Patricia Godes y la ensayista Barba Ehrenreich desmontan algunos mitos: BEATLEMANIA_palace Sigue leyendo

La peli que menos nos gusta de Woody Allen

Hace días leímos la noticia de la carta que Dylan Farrow escribió a un periódico relatando los abusos sexuales ejercidos por Woody Allen cuando ella era niña. Una carta conmovedora donde relata el culmen de una serie de abusos que se habían venido produciendo por su padre adoptivo. Después de leer esta noticia una solamente tenía que sentarse a esperar las reacciones de vamos a llamarlo el cinismo progre, el vueltadetodismo, el machismo o lo que quieras. No es la primera vez que esto es así, sistematicamente cuando una mujer denuncia un abuso sexual sea del índole que sea, hay quien se posiciona del lado contrario a ésta. Ya lo vimos con Strauss-Kahn, con el caso Assange, se ve cada día con la desconfianza que generan las denuncias y ahora lo vemos con el caso de Dylan Farrow.

Ayer Beatriz Gimeno publicó un artículo en eldiario.es sobre este tema en el que expone de manera magistral una opinión que compartimos; sin embargo, no queríamos dejar de exponer nuestra postura y tal vez posibilitar el debate. No sé si tiene algo que ver que, de los artículos publicados esta semana, sean mujeres las que se posicionan a favor de Dylan Farow y hombres los que advierten de la caza de brujas contra Allen. De entre estos leíamos en un articulo de la Playground magazine firmado por Eudald Espluga que puede considerarse el caso mas representativo de culpabilización de la víctima. Dylan Farrow, según este articulo, “cree sinceramente haber sido acosada por su padre adoptivo”. Vamos a ver, no lo cree, lo afirma y no ha sido acosada, no rebajemos el nivel de la agresión: ha sido abusada. Por si fuera poco paranoica, la bruja de la niña, ahora adulta, ha alimentado el “monstruo del descrédito” sobre Woody Allen al iniciar su carta con la siguiente pregunta “¿Qué película de Allen es vuestra preferida?”. Ya nunca volveremos ver al tierno neurótico igual y a lo mejor le quitan todos sus premios, su muñeco del museo de cera y no le dejan tocar mas el clarinete los lunes por la noche. Como no podía faltar, el firmante continúa argumentando la larvada defensa de Allen esgrimiendo el argumento de oro en estos casos, la manipulación de la madre. Es Mia Farrow, esa vieja rencorosa que lleva años comiéndole el tarro a su hija para que escriba esa carta y arruine la carrera de Woody, resentida por que éste se dio a la fuga con su otra hija adoptiva, de ella, Soon-Yi.

Para ello Esplugas cita el articulo del Daily Beast que fue traducido también por eldiario.es. En este articulo pretendidamente imparcial Robert Wiede, autor de un documental sobre Allen, nos habla de los trapos sucios de Mia Farrow: el que ha sido condenado por abusos es su hermano y además ella se lió con Frank Sinatra, que era mucho mayor que ella y cree el ladrón que todos son de su condición, parece querer decir. Otro factor exculpatorio de Woody Allen es que los dictámenes médicos no encontraron evidencias de violación en su momento y éste no fue declarado culpable. Lo cierto es que un abuso sexual no tiene porqué ser necesariamente una violación con penetración y, aunque legalmente las implicaciones varíen, posiblemente para la abusada el daño sea similar. El abuso además es, posiblemente, uno de los delitos en los que es raro que haya testigos, pues ya se cuida el abusador que la escena se dé a solas.

Ambos artículos, y probablemente  muchos más que no tenemos ganas de leer, coinciden en, si bien no culpar Dylan Farrow directamente, sí considerar a Allen una víctima colateral de su propio abuso sobre quien se han cargado las tintas injustamente por la posición privilegiada que sustenta. La víctima perversa, o su madre, acusa falsamente para aprovecharse del status del otro, ¿les suena a ustedes esto de algo? En realidad, cuando una mujer denuncia los abusos que ha sufrido de niña lo que hay detrás es toda una vida de sufrimiento y patologías causadas por el derecho que el abusador se ha arrogado. Además del propio daño en sí y del trauma que la agresión sexual ha supuesto, la niña o la mujer deben aguantar una revictimización posterior en forma de cuestionamiento reiterado de su credibilidad, múltiples exámenes físicos y psicológicos e incursiones en su vida privada para descartar la maliciosidad de sus palabras. Eso por no hablar de los efectos psicológicos y físicos que el abuso genera en el desarrollo de la menor y en la edad adulta.

Estamos con Gimeno cuando dice que Woody Allen seguirá siendo rico, famoso, haciendo películas. Dylan Farrow, en cambio, será cuestionada, examinada una vez más, escuchará cómo la desacreditan a ella, a su madre y a la forma que ésta ha tenido de educarla o sus relaciones amorosas. Está estigmatizada y marcada como la hija que padeció abusos, o peor, que se los inventó, y todavía hay quien piensa que probablemente esta declaración sea un montaje. Como se cuenta en este artículo de Bitch Magazine, tenemos que aprender a creer a las supervivientes de abusos. Lo que hacen los medios cada vez que compadecen el honor de un acusado de abusos, más aún si es rico, famoso y exponente cultural, no es otra cosa que contribuir a la invisibilización y al silencio, ponérselo mas difícil a todas aquellas mujeres, niñas y niños que por fin se atreven a hablar sobre ello.

“Todas esas otras chicas son amigas”

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La web Jenesaispop publicó el miércoles un interesante texto sobre la charla nocturna de dos estrellas pop:

Steve Nicks ha contado, durante una entrevista en ABC news radio, su primer encuentro con Katy Perry. La vocalista de Fleetwood Mac colaboró en la narración del vídeo de The One That Got Away (de Perry) hace un par de años, pero ambas no se conocieron hasta este otoño, cuando coincidieron en Londres. “Nos encontramos a las 23.30 en el hotel. Creía que iba a ser una charla de veinte minutos, tipo “qué tal”, y nos sentamos durante tres horas hasta que eran como las tres de la mañana. Y realmente hablamos de todo”. Sigue leyendo

Cruce de cartas

Esta semana nos ha traído un bonito cruce de cartas entre la activista de Pussy Riot encarcelada por el régimen de Valdimir Putin, Nadezhda Tolokonnikova, y el filósofo Slavoj Žižek. La web Playground tradujo el intercambio completo. Aquí destacamos algunos fragmentos, usando lenguaje inclusivo:

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Las mujeres en… [insertar género o escena musical]. Hoy: la electrónica

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El periodista Jaime Casas, a propósito de un artículo que estaba preparando sobre mujeres en la música electrónica, nos pidió que comentáramos qué nos parecían estos artículos que agrupan a una serie de artistas precisamente porque son mujeres. Nos enviaba también una serie de preguntas sobre la posible existencia de “cierta sensibilidad femenina” y la discriminación de género en el sector. Estolo que le mandamos.

Ante todo, gracias por tu interés por esta cuestión y por dedicarle tiempo. Te pongo una serie de reflexiones que hemos compartido entre las Señoras (no firmadas por nadie en concreto). Se podría decir mucho más sobre el asunto.

Agrupar una serie de mujeres en un artículo no tiene por qué ser un error. Depende en gran medida del enfoque del artículo.

En el estado de cosas actual, con un desequilibrio total en la representación de género (un ejemplo de otro estilo musical: en el festival Materia oscura de este fin de semana no había ni una sola mujer, en lo que se supone un festival de una pretendida vanguardia musical), visibilizar la aportación de mujeres se convierte en una política de discriminación positiva (o acción positiva).

Éste es el objetivo, perfectamente legítimo, de blogs como Her Beats o del festival Perspectives de Berlín.

Estos espacios permiten además no sólo visibilizar las contribuciones de las músicas, sino poner sobre la mesa las desigualdades de género en la música, en distintos ámbitos. En este sentido, totalmente de acuerdo en que, aunque ahora sean más visibles las artistas electrónicas, la industria y los espacios siguen siendo masculinos. Hay mucho que hablar ahí, no sólo sobre las discriminaciones directas contra las mujeres que puedan producirse, sino sobre la división de género de las profesiones técnicas, que se extiende al ámbito de la música electrónica.

En estos debates, es fundamental que las protagonistas sean las propias músicas y mujeres de las escenas electrónicas y que nadie hable por ellas.

Por otra parte, tienes toda la razón en que es un asunto peliagudo, que hay que tratar con cuidado, y es totalmente comprensible que algunas músicas rechacen este enfoque. Más aún cuando a menudo lo que ocurre es que una música en concreto sólo es visible en el marco de este tipo de artículos, pero no por sí sola o en el marco de artículos sobre artistas de un estilo o una zona geográfica determinada.

Hay que recordar que existe una tradición de textos sobre “mujeres y música” que no tratan en realidad asuntos de género, sino que se dedican a acumular tópicos sin ninguna intención de cuestionarlos. En este artículo se comentan unos cuantos tópicos frecuentes.

Otro ejemplo: titular un libro “Mujer y música: 144 discos que avalan esta relación” es totalmente ridículo y ofensivo. Una cosa es visibilizar las aportaciones de las músicas y otra felicitarse a estas alturas de que hagan música. También se podría titular: “144 discos que avalan que las mujeres son capaces de tocar, ergo, son personas”.

También hay que tener cuidado con decir algo como “mujer y música”: no hay una sola mujer porque no somos todas iguales, y el criterio de diversidad también es fundamental. Una cosa es que las mujeres tengamos cosas en común (por la socialización de género y las desigualdades que sufrimos, entre otras cosas) y otra es que pensemos y actuemos todas igual.

En este sentido, plantear que existe “cierta sensibilidad femenina en la música” es totalmente cuestionable. El peligro es “esencializar” la identidad femenina, cuando existen múltiples identidades. La expresión “factor femenino” [Sónar 2004], como “mujer y música”, es totalmente desafortunada. El estereotipo de lo tradicionalmente femenino no se corresponde con lo que somos las mujeres.

Igualmente problemático es considerar que el techno o el house “son masculinos”. Es cierto que la escena del techno o del house están dominadas por hombres. Y entiendo que en esta o en otras escenas puedes intuir que existe una atmósfera que imponga ciertos estereotipos de “masculinidad”. Pero tampoco los hombres sois todos iguales, afortunadamente.

Con respecto al tema de la voz femenina, hay un tipo en Barcelona llamado Jaume Ferrete que investiga el tema de la voz y sus implicaciones sociales, políticas, etc., muy interesado en la deconstrucción de género, la percepción de éste por la voz, etc.

Otra cosa muy distinta es que el único lugar disponible para las mujeres en algunos estilos musicales sea una forma determinada de hacer música. Si la música experimental o electrónica es un lugar reservado para hombres es únicamente porque ellos lo han querido así, aunque parezca que es una característica inherente a estilos musicales, más que algo construido.

El manifiesto de Grimes contra el sexismo en la música nos encantó y también otra entrada de su blog en la que explicaba con un lenguaje muy sencillo cuestiones técnicas de cómo montar su equipo. Es fundamental para desmitificar la técnica y sus jergas (que sirven de barrera para impedir la entrada de mujeres). Es muy positivo que las mujeres de la escena hagan un análisis de género desde dentro y que sirvan de modelo para otras chicas.

El sexismo nuestro de cada día

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En los debates cotidianos, todavía hay gente que duda de que el sexismo sea una corriente dominante en las relaciones culturales. Por desgracia, se equivocan, como puede comprobarse al echar un vistazo a la prensa. Esta semana encontramos tres ejemplos:

1) Artículo hipersexista bajo el título “Papá, quiero ser una groupie“. Lo publica Vicious Magazine, web especializada en música electrónica. Una frase para hacerse idea del tono:  “Serían capaces de follarse a un cactus sólo por lograr su preciado objetivo”. ¿Otra para rematar? “El término “lectura” difícilmente aparece en su `extenso´ diccionario”. Y así todo el rato.

2) Manfiesto de varios intelectuales franceses en favor de la prostitución: “Algunos de nosotros han ido, van o irán de putas… y ni siquiera se avergüenzan. Consideramos que cada uno tiene derecho a vender libremente sus encantos… y a que le guste”.
Bastante debate tenemos las feministas sobre este espinoso tema como para que ahora vengan los puteros a darnos lecciones.

3) En la revista Inside Higher Education se comparten experiencias sobre profesores universitarios cuya principal motivación es obtener atención de las alumnas: “Esto es algo tan común en la vida que se ha convertido en cliché en libros y películas”. A veces, planea el fantasma del acoso sexual, en otras experiencias hasta te acabas riendo de los trucos cutres que utilizan para hacerse los guays.

El timo de la novelista apolítica

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Reproducimos algunos fragmentos de un artículo de Carlos Prieto sobre la falta de reconocimiento de Alice Munro como escritora política:

“La anécdota histórica es de sobra conocida. El primer reportaje sobre Alice Munro apareció en el periódico The Vancouver Sun en 1961. Hablaba sobre una joven (30 años) con dos hijas, de cuatro y siete años, que publicaba textos aquí y allá. Bajo el siguiente titular: “Ama de casa encuentra tiempo para escribir relatos”. Munro contaba en la entrevista que escribía en el cuarto de planchar mientras las niñas dormían la siesta.

Munro se convirtió en escritora en elcuarto de planchar. Una mujer invisible y enterrada en tareas domésticas, causa clásica de la discriminación femenina, logró el reconocimiento literario con la plancha en una mano y la máquina de escribir en la otra. Resulta que la escritora canadiense lleva toda la vida en medio de una de las revoluciones políticas y culturales más importantes del siglo XX: la feminista. O, si no les gusta esa palabra, la lucha para lograr la igualdad entre hombres y mujeres. Sigue leyendo