El riesgo actual de opinar siendo mujer y periodista

Publicamos un texto de la periodista chilena Javiera Tapia en el que denuncia el acoso que está viviendo por criticar el machismo del periodismo musical. Toda nuestra solidaridad y nuestro apoyo.

El día lunes 23 de noviembre publiqué dos columnas en POTQ Magazine (web chilena especializada en música) sobre Feria Pulsar, un encuentro de industria que realiza anualmente la Sociedad del Derecho de Autor, en la que se reúnen sellos, empresas ligadas al negocio musical, charlas y conciertos durante tres días. En el primero, establecí una crítica al funcionamiento de la feria, debido a diversos factores. Incluí comentarios acerca de una exposición puntual. Esta era presentada por Rockaxis, un medio de comunicación chileno y habían tres personas en la mesa de los encargados de guiar la conversación. Uno de ellos era Francisco Reinoso, parte del comité editorial de este medio. Él dijo que los medios digitales eran “blogs que no realizan un trabajo serio, donde no reciben pagos y se quedan contentos cuando les regalan entradas”. Por supuesto, esto lo incluí en mi nota.

El segundo texto que publiqué fue una columna dedicada a una acción de marketing que realizó Rockaxis, el medio de comunicación, en Feria Pulsar. Decidieron hacer un concurso y lanzar una app, para esto, tuvieron tres días a tres señoritas de pie como un ornamento en su stand, para el deleite de los rockeros. Esa misma exposición en donde estaba Francisco Reinoso, aproveché la ronda de preguntas finales para poder preguntarle en público, delante de todos los asistentes, cuál era la relación entre la línea editorial, la música, el rock y el hecho de tener chicas promoviendo algo. El audio de ese intercambio fue grabado y reproducido de manera íntegra. Después de la publicación de estos dos textos, aparece una (más bien dos) nuevas historias y bastante lamentables.

Yo sé que si publico textos en Chile haciendo una crítica, probablemente, me lleve un mal rato. Lo tengo claro. Y esto es porque en mi país no existe la crítica musical. En primer lugar, se cree que hablar de música es simplemente hablar de música y esto rara vez incluye a los elementos que están rodeándola, como medios de comunicación, publicaciones y opiniones, entre otros. Sabiendo esto, mi decisión ha sido publicarlos igual, porque el hecho de que no exista, me hace mucho más urgente la necesidad de que nos demos cuenta de que sólo estamos contribuyendo a un periodismo mediocre, sin análisis ni ideas y miedoso. Esto último, porque temer a publicar un tema y abrir un debate trae consecuencias. Esta semana me di cuenta que son más feas de lo que yo creí, pero existen. Y yo no tengo miedo. Y nadie debería tenerlo.

Luego de publicar ambos textos, diferentes personas, a través de diferentes canales me dijeron que lo mío no era una crítica. Era un texto sesgado y basado en algún problema personal que yo supuestamente tenía con Francisco Reinoso, el periodista que estaba representando a Rockaxis en esa sala, cuando yo hice una pregunta. ¿Por qué cuando una mujer plantea un discurso crítico en público esto se traduce inmediatamente en que tiene problemas personales con alguien? ¿Tan difícil es pensar que una mujer profesional está haciendo su trabajo y en un texto solo expone parte de su razonamiento? Si hubiese sido otra persona la que estuviera en esa charla ese día, la editora del medio, otra persona del comité editorial, el gerente comercial o su director, mi columna hubiese sido exactamente igual, porque apunta a criticar una acción y una lógica de pensamiento, no a una persona.

Más tarde, comencé a ver otros efectos de este texto. La persona mencionada en ambas columnas (le tocó sólo porque era quien estaba presente) se comunicó con el director del medio del cual soy editora. Mi director le mencionó que yo era la editora del medio y también la autora del texto, que hablara conmigo. Él dijo que no le interesaba hablar conmigo. Cuando supe esto pensé ¿acaso estas cosas se arreglan entre hombres? Yo no hubiese tenido ningún problema en escucharlo y recibir sus comentarios.

Cuando yo pensaba que esta historia estaba decantando, pasó algo misterioso. Hace casi un mes (el 23 de octubre para ser exactos) publiqué en el mismo sitio una columna sobre una crítica puntual, sobre un concierto que dio Ariana Grande en mi país y que apareció en un medio generalista, La Tercera. A partir de ella, quise hablar sobre el tratamiento que muchas veces reciben las audiencias de mujeres adolescentes en la prensa y también sobre los prejuicios con los que el periodismo musical se enfrenta a ciertos géneros.

Lo misterioso sucedió el jueves 26 de noviembre al mediodía, cuando me llega un tweet del autor de esa columna que yo estaba criticando. Su nombre es Marcelo Contreras. Un mes después de la publicación de ese texto, misteriosamente en esta semana en la que me llegaron ataques y mensajes odiosos de, por ejemplo, periodistas hombres chilenos y hombres a cargo de equipos editoriales de radio, decidió acusar recibo y lectura de mi columna. Minutos después, veo que mi casilla de mensajes privados está bastante llena. Y es él, nuevamente. Reproduzco íntegramente (con las faltas de ortografía y redacción con las que llegaron a mi bandeja de entrada), a continuación:

“Hola. Acabo de leer tus comentarios sobre la reseña que hice de Ariana Grande. “Si ya no te gusta escribir de música, no lo hagas o, si vas a insistir en hacerlo, intenta que no se note”. Javiera, si vas a dar consejos, tómate tu tiempo y escríbeme, hablemos, discutamos. Yo tengo una opinión sobre tu trabajo también, y la podría hacer pública, pero es más probable que alguna vez te las diga en persona. Eres bien buena para pontificar y sacar en cara que llevas ocho años trabajando. te gusta dar lecciones a diestra y siniestra. est

Está bien, pareces algo resentida en general, pero los recados públicos ¿por qué? Lo siento innecesario.

La musica Javiera, me apasiona. Y hay otras cosas que no, que considero menores. Son juicios, perspectivas. Pero, veamos este caso: no me gusta Ariana Grande y eso me transforma en alguien que no disfruta de la música, que trabaja como obligado. Ni siquiera me conoces, es mucha la liviandad para hacer esos juicios. Los ocho años de carrete que sacas a relucir de tanto en tanto, no se notan mucho porque resultas destemplada. Escribes bien, se nota que te gusta la música y lo celebro. Es más, algunas de las cosas que escribiste sobre Pulsar me parecieron súper bien, como en otras creo que te equivocaste rotunda. Pero, ¿podría entonces yo, por ejemplo, decir públicamente que eres una feminista trasnochada? Ni cagando.

Yo supongo que como eres relativamente joven, crees que el periodismo musical serio empezó con tu generación. En algún momento todos creemos algo así, como el tiempo luego te demuestra que es un error.

Por cierto, los consejos sobre cómo enfrentar una página en blanco me sacaron risas. Llevo enfrentándome a páginas en blanco hace más de 20 años. Supongo que a estas alturas ya debiera tener más o menos claro qué preguntas debo hacerme a mi mismo. Soy viejo Javiera, tengo 43 años. Reporteo y escribo cuando los celulares parecían un aparato de la guerra de Vietnam. Cuando entré a trabajar a radio Cooperativa me tocó lidiar con un tipo de 73 años que estaba muy asustado por la gente joven que llegaba. Era entendible. Claramente estaba en el final de su carrera y yo recién calentando motores. Pero yo no soy un anciano. Estoy pleno. He visto muchísima música en vivo en distintas partes del mundo, probablemente soy uno de los tipos de esta área que ha visto más artistas en directo, no creo fanfarronear, es un hecho por los 12 años que hice esa pega para El Mercurio y los cuatro que llevo en La Tercera. Supongo que algo sabré. Fenómenos de música infantil he presenciado por montones, tengo parámetros, no solo una supuesta falta de interés y tedio, como tan ligeramente asignas. Eres periodista. Cuida tus palabras, que no son gratis”.

Para este periodista, el hecho de que una mujer que trabaja en la misma área que él y que establezca una crítica en público, significa pontificar. Significa enviar recados públicos. Significa estar resentida (además piensa que yo deseo trabajar en un lugar “mejor” y recibir un “mejor sueldo”. Equivocado por lo demás, vivo de escribir sobre música. Me encanta mi vida).

Lo más interesante, es que en este mensaje además de descargar su misoginia por completo (“feminista trasnochada”) y amenazarme al final (“cuida tus palabras, que no son gratis”), me confirma que su visión de la escritura de música en prensa está desactualizada, muy poco reflexionada y que, a pesar de tantos años escribiendo en periódicos, hay algo que pasa por alto. El espacio que él tiene en los medios tradicionales es muy pequeño. Todos los que hemos pasado por la redacción de algún periódico sabemos que lo último que le importa al editor es la sección de música (y eso es algo que en Chile ahora es más evidente). Él no está acostumbrado a recibir críticas, precisamente, por este motivo. Nadie lo critica, nadie lo comenta, no existe un escrutinio de su trabajo ni siquiera dentro, porque a nadie le importa. Y vivir décadas de esa sensación se traduce en una intolerancia profunda a la crítica, como también al desarrollo de un ego bastante venenoso, que crece y crece al no pensarse en el espacio, ni el tiempo.

Mi columna fue algo que se estableció desde un comienzo como una crítica a una publicación, con comentarios acerca de lo que provoca leer un texto como el suyo y jamás a un hecho de su vida privada. Para él, por supuesto, es algo personal. Como si yo por algún extraño motivo estuviese decidida a destruirlo. ¿Por qué? ¿Por qué el matonaje?

Él también decidió comunicarse con el director del sitio del cual soy editora. Por supuesto, la conversación más dura se debe dar entre hombres y el mensaje fue claro: controla a esta pendeja. Sé perfectamente cuáles fueron los contenidos de esa conversación y su forma: fue más violento, también con amenazas y por supuesto, con insultos de última clase hacia mí y mi trabajo.

¿De verdad es necesario llegar a amenazar a alguien por criticar algo que publicaste? ¿Crees que eso te hace mejor profesional, mejor persona? Yo no lo creo.

Ambos periodistas (guardando por supuesto los niveles, Marcelo Contreras es directamente un matón de cuarta), me demostraron que en el 2015 el hecho de que una mujer construya un discurso crítico en público sigue siendo problemático para algunos. Sigue viéndose como algo que una histérica quiere decir para vengarse por cuestiones personales (en este caso es más inverosímil este argumento, porque no los conozco en persona).

Yo sé que lo que publico en algunas ocasiones puede incomodar a algunos sectores. ¿Cuándo se nos olvidó que este es uno de los trabajos que debe hacer la prensa? ¿Por qué la musical debiera estar exenta de ello? ¿Por qué para muchos hablar sobre el lugar que ocupa la mujer en diferentes áreas de la industria musical es algo extra musical? Esto, además de demostrarme la misoginia naturalizada en el medio en el que me desenvuelvo, también deja expuesto triste: aún no se puede debatir y no puede existir un diálogo argumentado entre quienes escribimos sobre música en Chile.

Si publico esta experiencia, no es porque pretenda victimizarme. Probablemente, lo que esperaba Marcelo Contreras con sus amenazas y lo que pretendían ambos periodistas con las llamadas al director de mi medio era callarme. Una está acostumbrada a quedarse en silencio cuando suceden cosas así y opté por ser más valiente, no tener miedo y exponer todo esto, para que se sepa a qué nos enfrentamos las mujeres, muchas veces, durante nuestra vida laboral. Tuve dudas de exponer esta situación hasta el último minuto y creo que esa es la prueba empírica de la presión a la que frecuentemente estamos sometidas y, a la que muchas veces, cedemos. Para mí esto nunca fue personal. Desde el momento en que comencé a recibir amenazas, sí se convirtió en eso.

Anoche, luego de que pasara todo esto fui a cubrir un concierto. En la puerta del teatro se me acercó una periodista que no es mi amiga, pero sí nos conocemos. Me saludó, me dio las gracias por las columnas y me dio un abrazo. Fue precisamente en ese momento, en el que sentí que lo que estoy haciendo al tener una agenda feminista dentro del periodismo musical, es el camino correcto.

Las mentiras de la Beatlemanía

Este mes se cumple medio siglo del comeinzo de la Beatlemanía, el desembarco en Estados Unidos del grupo pop más famoso de todos los tiempos. Como es costumbre, los medios de comunicación reducen el fenómeno a un grupo de adolescentes histéricas cegadas por un grupo pop. La periodista musical Patricia Godes y la ensayista Barba Ehrenreich desmontan algunos mitos: BEATLEMANIA_palace Sigue leyendo

Las mujeres en… [insertar género o escena musical]. Hoy: la electrónica

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El periodista Jaime Casas, a propósito de un artículo que estaba preparando sobre mujeres en la música electrónica, nos pidió que comentáramos qué nos parecían estos artículos que agrupan a una serie de artistas precisamente porque son mujeres. Nos enviaba también una serie de preguntas sobre la posible existencia de “cierta sensibilidad femenina” y la discriminación de género en el sector. Estolo que le mandamos.

Ante todo, gracias por tu interés por esta cuestión y por dedicarle tiempo. Te pongo una serie de reflexiones que hemos compartido entre las Señoras (no firmadas por nadie en concreto). Se podría decir mucho más sobre el asunto.

Agrupar una serie de mujeres en un artículo no tiene por qué ser un error. Depende en gran medida del enfoque del artículo.

En el estado de cosas actual, con un desequilibrio total en la representación de género (un ejemplo de otro estilo musical: en el festival Materia oscura de este fin de semana no había ni una sola mujer, en lo que se supone un festival de una pretendida vanguardia musical), visibilizar la aportación de mujeres se convierte en una política de discriminación positiva (o acción positiva).

Éste es el objetivo, perfectamente legítimo, de blogs como Her Beats o del festival Perspectives de Berlín.

Estos espacios permiten además no sólo visibilizar las contribuciones de las músicas, sino poner sobre la mesa las desigualdades de género en la música, en distintos ámbitos. En este sentido, totalmente de acuerdo en que, aunque ahora sean más visibles las artistas electrónicas, la industria y los espacios siguen siendo masculinos. Hay mucho que hablar ahí, no sólo sobre las discriminaciones directas contra las mujeres que puedan producirse, sino sobre la división de género de las profesiones técnicas, que se extiende al ámbito de la música electrónica.

En estos debates, es fundamental que las protagonistas sean las propias músicas y mujeres de las escenas electrónicas y que nadie hable por ellas.

Por otra parte, tienes toda la razón en que es un asunto peliagudo, que hay que tratar con cuidado, y es totalmente comprensible que algunas músicas rechacen este enfoque. Más aún cuando a menudo lo que ocurre es que una música en concreto sólo es visible en el marco de este tipo de artículos, pero no por sí sola o en el marco de artículos sobre artistas de un estilo o una zona geográfica determinada.

Hay que recordar que existe una tradición de textos sobre “mujeres y música” que no tratan en realidad asuntos de género, sino que se dedican a acumular tópicos sin ninguna intención de cuestionarlos. En este artículo se comentan unos cuantos tópicos frecuentes.

Otro ejemplo: titular un libro “Mujer y música: 144 discos que avalan esta relación” es totalmente ridículo y ofensivo. Una cosa es visibilizar las aportaciones de las músicas y otra felicitarse a estas alturas de que hagan música. También se podría titular: “144 discos que avalan que las mujeres son capaces de tocar, ergo, son personas”.

También hay que tener cuidado con decir algo como “mujer y música”: no hay una sola mujer porque no somos todas iguales, y el criterio de diversidad también es fundamental. Una cosa es que las mujeres tengamos cosas en común (por la socialización de género y las desigualdades que sufrimos, entre otras cosas) y otra es que pensemos y actuemos todas igual.

En este sentido, plantear que existe “cierta sensibilidad femenina en la música” es totalmente cuestionable. El peligro es “esencializar” la identidad femenina, cuando existen múltiples identidades. La expresión “factor femenino” [Sónar 2004], como “mujer y música”, es totalmente desafortunada. El estereotipo de lo tradicionalmente femenino no se corresponde con lo que somos las mujeres.

Igualmente problemático es considerar que el techno o el house “son masculinos”. Es cierto que la escena del techno o del house están dominadas por hombres. Y entiendo que en esta o en otras escenas puedes intuir que existe una atmósfera que imponga ciertos estereotipos de “masculinidad”. Pero tampoco los hombres sois todos iguales, afortunadamente.

Con respecto al tema de la voz femenina, hay un tipo en Barcelona llamado Jaume Ferrete que investiga el tema de la voz y sus implicaciones sociales, políticas, etc., muy interesado en la deconstrucción de género, la percepción de éste por la voz, etc.

Otra cosa muy distinta es que el único lugar disponible para las mujeres en algunos estilos musicales sea una forma determinada de hacer música. Si la música experimental o electrónica es un lugar reservado para hombres es únicamente porque ellos lo han querido así, aunque parezca que es una característica inherente a estilos musicales, más que algo construido.

El manifiesto de Grimes contra el sexismo en la música nos encantó y también otra entrada de su blog en la que explicaba con un lenguaje muy sencillo cuestiones técnicas de cómo montar su equipo. Es fundamental para desmitificar la técnica y sus jergas (que sirven de barrera para impedir la entrada de mujeres). Es muy positivo que las mujeres de la escena hagan un análisis de género desde dentro y que sirvan de modelo para otras chicas.

El sexismo nuestro de cada día

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En los debates cotidianos, todavía hay gente que duda de que el sexismo sea una corriente dominante en las relaciones culturales. Por desgracia, se equivocan, como puede comprobarse al echar un vistazo a la prensa. Esta semana encontramos tres ejemplos:

1) Artículo hipersexista bajo el título “Papá, quiero ser una groupie“. Lo publica Vicious Magazine, web especializada en música electrónica. Una frase para hacerse idea del tono:  “Serían capaces de follarse a un cactus sólo por lograr su preciado objetivo”. ¿Otra para rematar? “El término “lectura” difícilmente aparece en su `extenso´ diccionario”. Y así todo el rato.

2) Manfiesto de varios intelectuales franceses en favor de la prostitución: “Algunos de nosotros han ido, van o irán de putas… y ni siquiera se avergüenzan. Consideramos que cada uno tiene derecho a vender libremente sus encantos… y a que le guste”.
Bastante debate tenemos las feministas sobre este espinoso tema como para que ahora vengan los puteros a darnos lecciones.

3) En la revista Inside Higher Education se comparten experiencias sobre profesores universitarios cuya principal motivación es obtener atención de las alumnas: “Esto es algo tan común en la vida que se ha convertido en cliché en libros y películas”. A veces, planea el fantasma del acoso sexual, en otras experiencias hasta te acabas riendo de los trucos cutres que utilizan para hacerse los guays.

Después del Rock (II)

Madonna_Vogue-video_1990-1Hoy publicamos otra entrada del libro Despues del Rock del crítico Simon Reynolds. Continuamos con el capítulo sobre pop y postfeminismo. En este fragmento el autor habla de Madonna como ejemplo de figura exhibicionista postmoderna, inspirada por la cultura de baile de la comunidad gay negra estadounidense, de la cual posteriormente fuera erigida musa:

Madonna es, por supuesto, la figura pública que ha dado la más extensa exposición pública a estas ideas*. Pero su “auténtica inautenticidad” no se origina tanto en los conceptos posmodernos que circulaban en el aire como en la cultura gay. La estética camp y drag se ha deleitado siempre con la naturaleza ficticia del género, con el hecho de que la feminidad no se localice en la esencia de la persona sino en los accesorios: maquillaje, pelucas, tacones altos, ropas glamorosas. Tal como Siouxie Sioux, que se inspiraba en el espíritu de enmascaramiento de los chicos Bowie ambisexuales con los que acostumbraba salir, Madonna es una discípula reverente, que absorbe las ideas de la cultura gay y luego las convierte en marketing de masas.

La canción/video “Vogue” (1990) tiene serias pretensiones de convertirse en la declaración definitiva de Madonna. No solo es un claro ejemplo de su destreza para apropiarse de las ideas subculturales (el culto gay negro del vogueing** ) y volverlas mainstream para el consumo de masas; la canción es también virtualmente un manifiesto de Madonna. “Vogue” predica un evangelio secular de revindicación de sí y de potenciación a través de una maestría de las superficies: se trata de la idea del punk de “cualquiera puede hacerlo” adaptada a la era Reagan-Bush. A través del embellecimiento y la glamourización concertadas, cualquiera puede lucir como un miembro de la clase dirigente.

La subcultura vogueing fue brillantemente documentada en el film de Jennie Livingston Paris is burning (editado en 1990 pero filmado en 1987). Se trata de una conmovedora ojeada a las vidas de las travestis y transexuales negras e hispánicas que viven para los bailes, en los que contornean los accesorios que llevan extravagantemente puestos y compiten en una serie de categorias. Las ganadoras son las que alcanzan mas nítidamente “el look”: supermodelo con glamour de jet set, colegiala, militar, rapero, etc.

(…)
El documental de Livingston es favorable hacia los voguers, al sostener por lo menos parcialmente que la noción de su apropiación simbólica de la vida de clase alta constituye un triunfo. Pero es igual de sencillo quedarse con la impresión de que los voguers son víctimas, no vencedores. Marginados por partida doble -no solo negros, sino también gays-, los voguers imitan los valores y la imagen del mundo heterosexual del cual se sienten completamente excluidos. (…) Las fantasías de los voguers son tan convencionales, están a tal punto colonizadas, que convergen en una parodia de los valores de la heterosexualidad. Quieren poseer la opulencia del millonario, o mejor de la esposa de un hombre rico. Sus ideas acerca de lo que es ser femenina son de lo más reaccionarias: ser una auténtica mujer implica tenerlo todo pero sin pagarlo, pasividad, consumo ostentoso, vanidad. El vogueing es un ejemplo perfecto del concepto de “hiperconformismo” de Jean Baudrillard: el lazo de retroalimentación que tiene lugar cuando personas reales simulan las representaciones de los medios.

El vogue es probablemente la subcultura mas alienada del mundo. Y por detrás de las superficies iridiscientes acecha la pobreza y el peligro.

* postfeminismo, performatividad, resignificación
** cultura de baile

Después del Rock (I)

Iniciamos con este una serie de posts extraidos de Después del Rock: Psicodelia, postpunk, electrónica y otras revoluciones inconclusas (Caja Negra, 2010) del crítico musical Simon Reynolds, libro recomendado a las Sras por Toni García (@aviador60). El libro es una recopilación de las columnas que el autor ha escrito para medios como Melody Maker, The Wire, Spin y Rolling Stones intentando cumplir con su objetivo de deconstruir el discurso pop sometiéndolo a una disección ideológica.

 

Mostraremos aquí algunos fragmentos correspondientes al capítulo titulado What a Drag! Postfeminismo y Pop escrito en colaboración con Joy Press e incluido previamente en el libro The Sex Revolts: Gender Rebellion and Rock and Roll (Serpent’s Tail 1994)

 

El término postfeminismo comenzó a circular a mediados de los 80’s como una de esas expresiones de moda que sugería vagamente la llegada de un nuevo Zeitgeist. Susan Faludi lo consideró como parte de la reacción contra el feminismo: “justo cuando las cifras de los discos de mujeres mas jóvenes estaban acompañando las metas feministas (…) los medios declararon la llegada de una ‘generación postfeminista’ aun más joven que supuestamente calumniaba los movimientos de mujeres.” Pero esta palabra de moda tambien se había utilizado en otro sentido, para aludir a una nueva ola de feminismo que no echaba necesariamente por la borda las agendas del feminismo de viejo estilo (igual salario, derecho al aborto, etc) pero si tendía a foicalizarse más sobre las representaciones mediáticas como campo de batalla.

(…)

El postfeminismo guarda con el feminismo una relación semejante a la que mantiene el posmodernismo con el modernismo: juguetón allí donde su predecesor era sobrio, haciendo alarde de un sentido de la identidad irónico y provisorio mientras que los primeros “-ismos” creían en un yo auténtico. Ambas configuaraciones “post” alarmaban y ofendian a los tradicionalistas que insistían en que los respectivos “ismos” dificilmente podrían considerarse acabados porque su tarea jamas habia sido llevada a término.

(…)

En un sentido mas concreto, el “post” parece sugerir la posibilidad de reclamar algunos de los aspectos estereotípicos de la feminidad que el feminismo había desechado. La pensadora francesa Luce Irigaray estaba ponderando estas posibildades allá por los ’70: “Una debe asumir el rol femenino deliberadamente. Lo cual significa convertir una forma de subordinación en una afirmación y así comenzar a desbaratarla. “

(…)

Las minorias han adoptado esta estrategia: los homosexuales transforman términos peyorativos como “putos” (queer) o “tortilleras” (dyke) en insignias de orgullo, raperos gangsta hacen de “negro” (nigga) un saludo fraterno. Esta subversión del lenguaje –que invierte literalmente el significado mediante una afirmación de términos negativos, excluyentes- sostiene Irigaray que podría interferir la “maquinaria teorética.” Es una aserción desafiante de la diferencia, un rechazo de las fantasías progresistas de integración y asimilación: no queremos ser igual a vos. Asi como el gangsta rap desconcierta por igual a los blancos liberales y a los negros combativos exagerando los estereotipos mas negativos de la delincuencia negra, del mismo modo las artistas postfeministas han jugado con estereotipos como la vampiresa o la puta. En ambos casos, es una estrategia de doble filo, cargada de potenciales maletendidos.

 

 

El texto nos hace cuestionarnos acerca del postfeminismo: ¿es una reacción antifeminista que nos hace creer que todo está ya superado? O bien, ¿es una ampliación de las metas del feminismo? En este caso, ¿no sería mas correcto y menos confuso dejar de lado el prefijo -post?. En el Estado Español la nomenclatura postfeminista ha sido empleada por parte sobre todo de artistas que se han dedicado a explorar temas que hasta el momento habían estado fuera de la agenda institucional dando lugar a movimientos como el postporno. Sin embargo, no tenemos tan claro como el autor que el -post sea un prefijo sin carga política e intención reaccionaria y que, en cambio, ayude a resignificar el lenguaje, estaríamos de acuerdo con él, en que estaría cargado de potenciales malentendidos. En este sentido, ¿funciona la resignificación en todos los casos? ¿Es posible resignificar la palabra maricón?, y ¿la palabra puta? ¿tienen profundidad y generan cambio social esas resignificaciones?. De la misma manera que hace falta un otro y una interacción para generar una identidad y una subjetividad, nos hacemos la pregunta de si los conceptos pueden adquirir el sentido opuesto y generar un cambio político y no solo estético. Dejamos aqui esta reflexión abierta, en absoluto resuelta, con el ánimo de que sea conjunta, para seguir explorando en próximos posts mas textos de Simon Reynolds.

El malvado matriarcado mediático

Nueva entrega de nuestra sección “Alucinaciones patriarcales”: el veterano periodista musical Diego Manrique nos explica cómo unas brujas modernas dominan los medios de comunicación en España. El objetivo del aquelarre es imponer el feminismo radical (a la vista están sus logros) y fomentar la represión sexual de la población.  No se pierdan el innovador concepto de “violencia en el seno de las parejas” (no “violencia machista”, ya que los hombres también se llevan lo suyo, como ya sabíamos por el asesor de estadística de Toni Cantó). Esta pieza de periodismo de investigación se puede disfrutar completa en el libro Jinetes en la tormenta (Espasa) o en la web de El País.

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