IV Festival internacional de cine documental MujerDoc

El IV Festival internacional de cine documental con perspectiva de género MujerDoc es una exhibición de documentales con temática de género organizado por la ONG Mujeres del Mundo.

“El acceso de las mujeres al ejercicio de los derechos sociales, civiles y políticos en igualdad de oportunidades; el fenómeno de las migraciones y derechos laborales de mujeres migrantes; la recuperación de la voz de mujeres feministas en la defensa de los derechos de las mujeres; la defensa de alternativas económicas al capitalismo desde planteamientos ecofeministas; feminicidio y trata de mujeres y niñas con fines de explotación sexual; la opresión ejercida por algunas religiones contra el derecho de elección y disfrute de la identidad sexual de las personas… son temas que abordó el Festival en sus ediciones anteriores y seguirá tratando en 2013, junto a nuevas propuestas que se presenten”.

La selección oficial de documentales se puede ver hasta el 8 de abril en la plataforma digital de pago Filmin.

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Si dos mujeres cruzan opiniones sobre Bin Laden, ¿están hablando de hombres o de política?

Publicamos hoy un texto sobre personajes femeninos en las peliculas, en concreto los personajes centrales de la pelicula “Zero Dark Thirty” analizados según el Test de Bechdel, preguntándonos acerca de las limitaciones de éste y de lo que es politicamente deseable de la representación de las mujeres.

Texto original de @Suripantarosa  con amorosa revisión de @inwit

Si dos mujeres cruzan opiniones sobre Bin Laden, ¿están hablando de hombres o de política?

Unas cuestiones sobre las limitaciones del test de Bechdel y la conveniencia de su aplicación de forma literal. ¿Mi excusa para volver a hablar del tema? El artículo publicado en Cinemanía que somete al test a los nueve largometrajes nominados a mejor película en los Oscar 2013.

Cuando dos vecinas discuten acerca de Rajoy, ¿están hablando de hombres o de política? Cuando dos mujeres hablan del hombre al que aman, del hombre con el que follan, del hombre del que quieren separarse, ¿se limitan siempre, sin más, a hablar de machos, o pueden quizá estar valorando su necesidad de emancipación o analizando el maltrecho amor romántico, la dependencia emocional y el sexo hipster?

Maya (Jessica Chastain) protagoniza ‘Zero Dark Thirty’, nominada a mejor película en esta edición de los Oscar y que, como recoge el artículo mencionado, ‘Las Nominadas a los Oscar 2013 y el test de Bechdel’, suspende ­por poco­ el test. Sí, en ella salen al menos dos mujeres con nombre propio que mantienen una conversación de más de un minuto, pero este intercambio se centra en Bin Laden y sus compañeros de la CIA. Bien.

Tengamos en cuenta lo siguiente: ‘Zero Dark Thirty’ recorre diez años de esfuerzos de los gobiernos estadounidenses de Bush y Obama por dar un cierre épico al episodio de los atentados del 11S. Diez años que culminaron con el asesinato de “Gerónimo” Bin Laden y su salto de trampolín con triple tirabuzón a las aguas del mar de Arabia, o a la morgue militar estadounidense de Dover.

Segunda cuestión a tener en cuenta: las dos mujeres que mantienen la conversación son Maya, la protagonista, y Jessica (Jennifer Ehle), ambas agentes de la CIA implicadas en las operaciones de búsqueda, captura y asesinato de Bin Laden.

Tercer apunte, este personal: me acuerdo de uno de los primeros comentarios de texto que hice de pequeña. Era de un clásico de la poesía española cuyo nombre no consigo recordar (pistas bienvenidas). Puede que perteneciera a aquella serie de lírica cortesana que escribió Quevedo con Lisi como quintaesencia de la/lo mujer. Se trataba de una sucesión de metáforas manidas: tus dientes como perlas, tu piel de durazno, tu boca de fresa; seguida de otra tanda de imágenes retóricas que contrastaban la carne joven con la decrépita. De las perlas al hueco negro, del durazno a la lija, de la fresa a la pasa. El poema llevaba nombre de mujer y eran sus rasgos los que describía. Para hacer el comentario de texto, teníamos que rellenar una fichita bien cuadriculada en la que uno de los interrogantes era “sujeto protagonista del texto”. La respuesta fue casi unánime: Lisi. A mí, bueno, me pareció que el sujeto del poema no era ella, sino el tiempo. La repelente niña Vicente que hay en mí nunca perdonará a mi profesora que en el transcurso de la clase me dijera que estaba totalmente equivocada, para luego citarme a la salida y concederme que mi enfoque también era correcto. Y es que aquel poema era a la vez descripción de la amada idealizada y melancolía saturniana del tempus fugit, el carpe diem y esas cosas.

Desde que me crucé con el test de Bechdel interpreté los tres puntos que lo componen desde una perspectiva flexible y con la mejor de mis sonrisas, porque este test surge de una tira cómica, ‘Dykes to watch out for’, muy hija de su tiempo –se publicó en 1986–, centrada más bien en la cuestión de las cuotas, en la presencia cuantitativa de la mujer, no tanto en su representación. Este enfoque es ampliable y matizable hoy día, más que por lo que hayamos avanzado en la cuestión de la presencia de la mujer, por el crecimiento y diversificación de los feminismos desde finales de los años ochenta. Lo “queer”, lo “transgénero”, por mencionar tan sólo un par de tendencias y enfoques de los feminismos actuales, tendrían mucho que decir a este respecto. Podría argumentarse, por ejemplo, que el test está diseñado para analizar la presencia de la mujer ­–entendiendo por tal una de las dos identidades de género binario–­ con relaciones heterosexuales, dejando fuera del campo las identidades de género no asignadas y las relaciones no heteronormativas. Reconozco que para mí esto no supone mayor problema que el que pueda derivarse de no diseñar nuevos tests que partan de o incluyan otras categorías. El test de Bechdel, en su marco concreto de análisis, me parece válido y efectivo, más aún viniendo de la mano de una lesbiana militante que ha convertido su sexualidad en una cuestión política presente en toda su obra.

Así que, en fin, Maya y Jessica son agentes de la CIA, y mantienen una conversación de más de un minuto acerca de Bin Laden y sus compañeros de la CIA. ¿Es esta una conversación sobre hombres o más bien sobre lo político y lo laboral? ¿Es peor o mejor, de cara al enriquecimiento del imaginario poblado por mujeres, que una conversación sobre el botox en ‘Sexo en Nueva York’ –­que sí aprueba–­?

Si ya de por sí el test es sin más –­ni menos–­, una herramienta divertida a través de la que visibilizar los papeles a los que se ven relegadas las mujeres en el cine y el tipo de temáticas e incluso espacios físicos a los que se restringe su interacción (1), que no profundiza más allá del punto al que cada uno de nosotros queramos hacerlo, ¿es conveniente tomárselo de una forma tan literal? Lo es, desde luego, para la construcción de webs colaborativas como la ‘Bechdel Test Movie List‘, proyecto inabordable desde lo cualitativo. Pero en un análisis más discursivo estaría bien señalar las zonas a las que este test no llega, pues son espacios de reflexión más complejos de los que podemos extraer conclusiones o abrir nuevos debates mucho más interesantes.

(1) Respecto a los espacios en los que se suele encerrar la interacción entre mujeres, no dejéis de investigar sobre el término “mujer ventanera”, con el que me topé por primera vez en Desde la ventana (Enfoque femenino de la literatura española), de Carmen Martín Gaite.

Zuloak: Las mujeres son visibles, pero… ¿las músicas?


Publicamos la traducción del euskara de un texto de Iratxe Retolaza aparecido originalmente en Gipuzkoako Hitza.

El texto plantea un interesante debate sobre la película Zuloak, dirigida por Fermin Muguruza, en el que se plantean cuestiones como qué significa visibilizar o invisibilizar a las músicas, qué acciones promueven la inclusión y cuáles la exclusión. Vale la pena hablar más de estas cuestiones, porque hasta ahora el debate sobre la película se ha desarrollado sobre todo en el ámbito privado.

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Las mujeres son visibles, pero… ¿las músicas?

Iratxe Retolaza
16 de noviembre de 2012
Gipuzkoako Hitza

 

En aquel cuarto oscuro resonaron las palabras de Fermin Muguruza, altas y enérgicas: “Chicas, ved el documental, ¡y a ver si os entran ganas de subiros al escenario!” O algún grito parecido. Firme, y sincero, así me pareció. Según avanzaba la película Zuloak, fue bajando el eco de ese penetrante grito, y creciendo la inquietud, y también el enfado. Tenía a mi hermana al lado, que es música, y lleva en el rock vasco los últimos quince años. Le miré de reojo, para comprobar si mi sensación era personal, y aquella mirada helada me lo transmitió de un modo claro, estaba tan asombrada como yo. Esta reflexión es un ejercicio para entender aquella inquietud.

La película Zuloak se ha dispuesto a intentar hacer visible la aportación de las músicas vascas, a semejanza del proyecto Emarock; y ese trabajo realizado a favor de la visibilidad es elogiable. Pero, por otro lado, la película Zuloak ha armado una narración (al menos en el plano de la ficción), y a través de esa narración ha creado un discurso o imagen en torno a las músicas. Y, precisamente, esa narración es la que me inquietó. Esa narración de ficción me hizo recordar una frase de Monique Wittig: “Las mujeres son demasiado visibles como seres sexuales, e invisibles como seres sociales”. Y, en este caso, invisibles como músicas. En las conversaciones de las componentes de Zuloak o en los discursos del público de “ficción” apenas hay reflexiones en torno a la música (no se preocupan por el estilo musical, no hay discursos sobre los modos de vivir la música…). Y en uno de los únicos momentos en que tienen oportunidad de hablar de su afición por la música, en una entrevista de ficción de la televisión pública vasca, una de ellas dice que hace música para follar. Lo dicho, demasiado visibles como seres sexuales, y demasiado ocultas las inquietudes y las pasiones de la música. Demasiado oculto ese zulo propio reivindicado por Itziar Ziga. Y demasiado repetidos los discursos sobre la estética, sobre la sexualidad, o sobre la reproducción. Demasiado repetidos, para ser un documental sobre música.

Los comentarios sobre la sexualidad me han hecho recordar Sexual Herria de Itziar Ziga, porque muchas veces los discursos políticos aparecen recreados en discursos del deseo (la referencia a la autodeterminación del cuerpo, por ejemplo). Pero eso me irritó más, porque esos discursos parecían deformados y descontextualizados. Ziga dice claramente que quiere hacer visibles las sexualidades y los deseos, pero no se puede olvidar que el libro se centra en ese tema (y no en la música) y que, además, parte de esta posición: hacer visibles las sexualidades y los deseos que ha reprimido y marginado el heteropatriarcado.

¿No podemos hablar de la aportación de las músicas vascas sin criterios sexuales o estéticos? ¿Es ese el criterio principal a la hora de hablar de cualquier músico? No, no suele ser así.

Es más, ¿no parece una contradicción que un proyecto que quiere hacer visibles a las músicas haga invisible a la misma música o compositora ? ¿Quién será esa compositora que quiere mantenerse en secreto? Es elogiable que un músico con una posición simbólica importante en el mundo de la música —en este caso Fermin Muguruza— haga el esfuerzo de hacer visible la aportación de las músicas; pero, para que ese esfuerzo sea eficaz, ¿la persona que está en esa posición no debería de dar un paso atrás para dar voz y espacio a esas músicas? En la película Zuloak las componentes del grupo hacen suyo el lema “muerte a la madre”. ¿Pero tiene sentido matar a la madre, si todavía no hemos conseguido matar al padre, y si todavía en el campo de la música vasca está por escribir una genealogía femenina, y están por construir las madres simbólicas?

—————————————————————————————————————– ¿Habéis visto la película?

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Greil Marcus, pope de la crítica, sobre la exclusión de las mujeres del periodismo musical

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Hace un par de meses Rockdelux publicó una entrevista con Greil Marcus, un nombre destacado de la crítica musical en todo el mundo y autor de una decena de libros sobre figuras como Dylan, Elvis Presley y Sex Pistols, entre otras. Extraemos las dos preguntas donde se tratan cuestiones de género.

¿Tiene solución la exclusión de las mujeres del periodismo musical?
Hace más de veinte años que rechazo participar en mesas de debate donde no haya ponentes femeninas. En su mayoría, quienes organizan estas mesas reconocen que ni se les había pasado por la cabeza invitarlas. Hay incluso mujeres gestionando estas charlas que se sorprenden de mi postura. Otra gente me pide que les recomiende a alguien porque no son capaces de pensar en una sola crítica cultural que no sea del sexo masculino. Mi decisión no es una exhibición de buenos sentimientos, más bien tiene una explicación práctica: las mujeres aportan puntos de vista que a los hombres nunca se nos ocurren. Lo descubrí en una mesa donde analizábamos la película El mensajero del miedo (John Frankenheimer, 1962). Al final del acto se me acercó una señora a decirme que para ella lo principal de la trama eran los personajes femeninos. Expuso una teoría que no comparto, pero los hombres nunca hubiéramos llegado a esas conclusiones. Una mesa sin mujeres tiene la visión mutilada.

Entonces, ¿consideras un problema que la mayoría de la gente que se dedica a la crítica musical sean hombres y blancos?
Sin duda. Eso estrecha brutalmente la visión que ofrecemos. Para mí, el mejor periodismo musical que se hace actualmente hay que buscarlo en las novelas, donde ellas tienen un papel destacado. Por ejemplo en Verónica (2005) de Mary Gaitskill. Habla de una correctora editorial y una modelo metidas en el mundo del glamour de Nueva York en los años ochenta. No es una historia perfecta, pero hay ciertos pasajes sobre la obsesión musical, sobre el deseo de sumergirte dentro de una canción, que son de lo mejor que he encontrado en mucho tiempo. Habla de los efectos reveladores que puede tener cierta letra o cierto ritmo en un periodo concreto de tu vida. Otro ejemplo podría ser Eat The Document (2006) de Dana Spiotta. Trata de una pareja de radicales de las protestas contra la guerra de Vietnam que deben separarse y borrar su pasado para no pagar con la cárcel una de sus acciones. Años después su hijo adolescente descubre la música política de los setenta mientras estallan las protestas antiglobalización de los noventa. Es un viaje en el tiempo que contrasta ambas épocas.

De qué hablan las mujeres en el cine: el test de Bechdel

Al hilo de los comentarios sobre el test de Bechdel en el post de ayer, publicamos este texto de @suripantarosa aparecido originalmente en: http://suombligo.wordpress.com/2012/11/20/de-que-hablan-las-mujeres-en-el-cine-el-test-de-bechdel-2/

El Test de Bechdel es una prueba que plantea tres cuestiones a partir de las que reflexionar acerca de los roles femeninos en el cine.

La próxima vez que estés viendo una película, pregúntate lo siguiente:

  1. ¿Aparecen al menos dos personajes femeninos con nombre propio?
  2. Estas mujeres, ¿hablan entre ellas?
  3. Y de ser así, ¿lo hacen sobre algún tema, cualquiera, que no se centre exclusivamente en sus compañeros masculinos de reparto?


El Test de Bechdel tiene su origen en una broma aparecida en una tira cómica de Alison Bechdel, autora de cómics, lesbiana militante y activista feminista. La tira cómica, que publica su primera historia en 1985, se llamó ‘Dykes to Watch Out For’ (‘Unos bollos de cuidado’ en su versión española. Qué bien se nos da traducir títulos) y enfrentaba a un grupo de lesbianas a diferentes situaciones en un mundo de hombres. La historieta de la que nace el Test de Bechdel se titula ‘The Rule’ (‘La Norma’) y muestra a dos mujeres hablando entre ellas. Una le propone a la otra ir a ver una película al cine; «verás -responde- yo sólo veo películas que satisfagan tres requisitos básicos. UNO, tienen que salir al menos dos mujeres que, DOS, hablen entre ellas acerca de, TRES, cualquier cosa que no tenga que ver con los hombres».

Para algunos este test es una estupidez propia de histéricas feministas; para otros, una forma infalible de exponer el machismo imperante en un sinfín de películas y en la producción cultural en general. Somos unos genios a la hora de abordar cuestiones complejas con pasión reduccionista.

Nosotras jugamos con el test de Bechdel, nos parece una forma divertida y accesible de poner de relieve la brecha de género también presente, cómo no, en la ficción audiovisual. Es un acercamiento cuantitativo que arroja cifras tan aplastantes que debería provocar una reflexión acerca del imaginario femenino estereotipado y empobrecido al que en mayor o menor medida nos hemos acostumbrado. No está diseñada para aportar propuestas más allá del – Por favor, señores y señoras de la industria cinematográfica, que sean más de dos las féminas con nombre y problemas propios las que disfrutemos y/o suframos en sus producciones.

Volviendo a la viñeta de ‘The Rule’, hay algo que es clave: son dos mujeres. Y es que el test de Bechdel, mejor en compañía. Es difícil no sentir la necesidad de compartir los resultados de aplicar el test en una tarde tonta y solitaria de domingo y película. Este cuestionario que nos regaló Alison Bechdel tiene así una secuela maravillosa: alimenta lo colectivo. Lo que sentada a solas bien puede quedarse un cabreo mayúsculo, compartido no sólo provoca un cuestionamiento más profundo, es que además a menudo transforma el enfado en risas y en un proceso constructivo de enriquecimiento de ese imaginario femenino tan maltrecho.

Otro efecto interesante del test de Bechdel, al hilo del (auto)cuestionamiento, es que quizá empieces a oír una vocecita excusadora disfrazada de pertinente, apelando a lo habitual, a lo que la audiencia pide o a lo que el género cinematográfico justifica. Y es que repasando algunos de los títulos que, según el vídeo de la genial Anita Sarkeesian de Feminist Frequency, no superan el test y consultando los aprobados y suspensos en la web colaborativa ‘Bechdel Test Movie List’, juro que oí a una Suri decir a otra: «mujer, es que ‘Piratas del Caribe’ es eso, una peli de piratas, ‘El Padrino’ de mafiosos y ‘La delgada línea roja’ es bélica; normal que haya pocos personajes femeninos relevantes…». Es tu pequeño o mediano machista interior envalentonado. Y, volvemos a lo colectivo, se le combate mejor en compañía. Busca historias de mafiosas y piratas. Imagina un cine bélico con representación femenina. No un cine bélico social y pretendidamente femenino/feminista como ‘Las trece rosas’ -a menudo, como es el caso, centrado en reivindicar algún episodio histórico-, no. Un cine bélico -por mencionar un género concreto- “mixto” en el que junto a la viuda plañidera y la madre cuidadora, convivan otras realidades. Y no es que nos parezcan incorrectos estos roles en sí mismos, en absoluto. Pero lo que resulta insoportable es lo fácilmente que se puede prever en qué escenas de una película bélica, restringidas a qué espacios, y para dar salida a qué conflictos de la trama, será la voz de una mujer la que nos hable.

De todas formas, encomendarnos al test de Bechdel a la hora de determinar si tal o cual producto cinematográfico es machista o no parece un error. Probablemente no sirva siquiera para marcar aquellas películas que ofrecen modelos de mujer complejos, con matices, frente otras pobladas por personajes planos. Al fin y al cabo buena parte del cine ‘para mujeres’ (sic) pasa el test de Bechdel, pero suponemos que ni Alison ni nadie con dos dedos de feminismo debe (de) estar muy satisfecha con los modelos de mujer que ofrecen películas como ’Sexo en Nueva York’, o ’Sucker Punch’, por mucho que ambas aprueben el test.

Tampoco se trata de ni de impedirnos el disfrute de estos productos ni de asfixiar la creación artística con exigencias sociales. La cuestión no es que la cultura ofrezca exclusivamente modelos de mujer combativa, inteligente, creativa, con éxito, autónoma, etc.; de hecho esto es un arma de doble filo. La cuestión es que la creación artística no silencie toda realidad femenina incómoda o considerada excepcional. ¿Excepcional desde y hasta cuándo? ¿Familiar y reconocible para quién y con qué modelo de referencia? Bajo la premisa de reflejar la realidad se cometen anacronismos tan ridículos como dañinos que perpetúan ese carácter excepcional que desde el test, desde estas líneas y muchas otras mejores, se pone en jaque.

No se trata de reclamar personajes de mujer “fuerte”, lo que quiera que en cada caso se entienda por esto; ¿es Sarah Palin “fuerte”? Probablemente, dependiendo del ámbito. ¿Es un modelo deseable desde una perspectiva de género? No, dioses, no -aunque sí para Camille Paglia-. ¿Pasaría el test de Bechdel su personaje? Pues depende de si se deciden a ofrecernos una conversación, que cumpla los requisitos temáticos, entre ella y otra mujer. Pero sin duda es un personaje con historia propia -como pueden serlo todos-, y no es accesorio -a no ser que te empeñes en dibujarla como un anodino apéndice de McCain-. Únicamente hay que tener la voluntad de reflejar su historia desde su punto de vista y con matices.

En fin, se trata de señalar que la presencia de la mujer en la creación audiovisual es con escandalosa frecuencia absolutamente accesoria y secundaria. Y se trata de tomar conciencia, mirando alrededor, de que es casi más difícil mantener este retrato mutilado y desfasado que lo contrario.