Miley Cyrus en la punta del iceberg

rs_600x600-130826140920-600.god-mileycyrus-meme.cm_.82613.jpgA juzgar por los miles de tuits y las veces que se ha dicho twerk en la televisión estadounidense, lo que hizo Miley Cyrus en la pasada entrega de premios de la MTV, junto a una panda de osas fiesteras, sacudió los cimientos de la civilización occidental.

No deja de sorprender esta desmesurada reacción a una ceremonia tradicionalmente utilizada como plataforma para escenificar escándalos. Allí se retozó Madonna por el suelo con un traje de novia en 1984 y en 2003 Britney Spears y Christina Aguilera se vistieron también de novias para recibir el beso con el que Madonna les transmitía su legado de provocadora oficial.

Como bien se ha dicho, el objetivo de este escándalo porno-pop es renovar definitivamente la imagen de la antigua estrella infantil de Disney, al parecer por la única vía rentable: la sexualización. A los 16 años ya hizo una tímida tentativa de pole dancing, con el consiguiente escándalo. Le siguieron diversos intentos de representación de estereotipos sexuales, pero al parecer las experiencias tampoco la distinguieron lo suficiente de sus competidoras.

Este nuevo intento de escándalo parece haber tocado más teclas y conseguido lo que pretendía: forzar lo que se considera socialmente aceptable. Lo ha hecho añadiendo a la hipersexualización de las mujeres imprescindible dentro del espectáculo mainstream americano (y hasta cierto punto global) la referencia a otros elementos de clase y de etnia: lo que se ha llamado cultura ratchet (y antes se llamó ghetto). Ahora lo que mola es la apropiación estereotipada de prácticas y vestimentas supuestamente vulgares. Y se consideran vulgares precisamente porque son propias de mujeres de clase baja, sobre todo negras, pero también de otras minorías étnicas estadounidenses (véanse Jersey Shore y todos los realities tan en boga). El combinado de estereotipos y su presentación decididamente amateur, grotesca y punk distingue el espectáculo de Cyrus del de otras representaciones más sutiles que entran dentro de lo aceptable para una artista joven y blanca.

Con un poco menos de lengua y unos gestos menos grotescos, lo que hizo Miley hubiera entrado en los parámetros de lo que se considera atrevido, pero sigue siendo sexy y por ello entra dentro de lo aceptable. Quizá, también, el amateurismo de la actuación refuerza la ilusión de que la representación coincide con la realidad: ésta es la verdadera Miley, la que hace lo que le da la gana, la chica rebelde y fiestera next door con la que te puedes identificar.

¿Y si fuera todo una parodia de lo que se entiende por feminidad sexy, pensada para descativar el orden de género? Bueno, me temo que su manager no es Judith Butler. Además, quizá la exageración ha creado extrañamiento y de ahí la virulencia de las reacciones, pero, ¿desestabilizar lo establecido? Probablemente no, porque ante este cúmulo de significados, las reacciones al escándalo han girado en torno a dos temas, principalmente, libertad sexual y racismo, y no precisamente para debilitar los paradigmas arraigados, sino para reforzarlos, por lo menos de momento.

Libertad sexual

Los medios generalistas, principalmente los conservadores, se escandalizaron por el contenido sexual explícito, desde posiciones paternalistas (“esto no se puede tolerar en televisión, se ha vuelto loca, es un mal ejemplo para las niñas”), mientras que los posmodernos se regodeaban en el espectáculo (“menuda zorrona, jajaja”). Con las referencias a su antigua imagen de inocencia infantil, con ositos y todo, y a la underclass negra que tanto se alejaba de los orígenes de esta chica de Nashville, a alguien se le cortocircuitó algo en alguna parte.

Este puritanismo se rebatió a continuación desde posiciones feministas más o menos mainstream (y simpatizantes), intentando situar el núcleo del problema en el sexismo de Robin Thicke (aunque sin mucho éxito), pero también defendiendo el derecho de Miley Cyrus, como el de cualquier mujer, a expresar su sexualidad públicamente y a no ser penalizada ni estereotipada por ello. Aún más, en la actuación es ella la que parece más activa sexualmente, frente a la pasividad de Thicke: ¿todavía hay miedo al deseo sexual femenino y hay que contenerlo a toda costa?

Pero lo que no se ha abordado suficientemente es que esta expresión de la sexualidad femenina es ahora normativa. En la cultura postfeminista, en la que se supone que la igualdad entre mujeres y hombres es ya una realidad, la hipersexualidad de las chicas jóvenes, sobre todo, se presenta constantemente como una forma de empoderamiento, como la manifestación más auténtica de la libertad; lo que se ha llamado raunch culture, pornificación, porno-chic o hipersexualización de la cultura, dentro de los cánones estéticos preestablecidos. En este sentido, las mujeres jóvenes conviven con dos regulaciones de la sexualidad femenina que intentan compaginar: un paradigma antiguo, en el que la mujer puede ser virgen o puta, y otro nuevo, en el que la mujer debe ser un poquito puta, enseñar cacha y pasarlo bien, pero sólo si está buena y no se extralimita. En este contexto, ¿dónde está la libertad en la expresión de la sexualidad?

En “To Do List”, Aubrey Plaza interpreta a una adolescente nerd que se propone aplicadamente incorporar el aprendizaje sexual que se le exige antes de ir a la Universidad.

Esta defensa de las mujeres como sujeto (y no objeto) sexual sólo tiene en cuenta el plano individual y obvia lo social. Que una mujer decida perrear (por decir algo) no convierte el perreo en feminista, porque los significados sociales del perreo (por decir algo) no dependen exclusivamente de la propia voluntad, sino de los contextos en los que se interpreta. Con el fin de no presentar a la artista como una idiota, una títere y una víctima, de nuevo se cae en la tentación de sobrevalorar la agencia de las mujeres y su libertad de decisión. Con este argumento, como tan bien ha analizado Rosalind Gill, el feminismo y otros movimientos sociales refuerzan el objetivo neoliberal de simplificar las dinámicas estructurales e invisibilizarlas dentro de una supuesta libertad de elección.

Llama muchísimo la atención que en todo el asunto el espectáculo sexista de Robin Thicke haya eludido las críticas y se haya responsabilizado a Miley Cyrus de toda la coreografía, cuando tanto la coreografía, el bikini y el attrezzo provienen de los videos del propio Thicke. Es fundamental resaltar que si el sexismo de Thicke se ha ido de rositas es porque representa el contexto normativo, el canon desde el que hay que entender todas las demás representaciones.

¿Y el perreo, el twerk o cualquier representación sexual no se puede interpretar de formas que no sean sexistas? Por supuesto que sí. El twerk puede ser, por ejemplo, liberador y diverso, como lo presenta Big Freedia. Pero todo dependerá del contexto y de los códigos que se utilicen y aquí la interpretación dominante es la sexista, como demuestra, por ejemplo, lo sucedido en el reciente festival Afropunk: una iniciativa aparentemente inclusiva y liberadora desembocó en un espectáculo de twerk para la mirada masculina.

Apropiación cultural

Y la mención del twerk nos lleva al debate sobre la apropiación cultural. En un ambiente internetiano ya calentito por el debate #solidarityisforwhitewomen, las feministas negras (y simpatizantes) atacaron al feminismo mainstream porque, en su afán por defender la libertad sexual, se “olvidaban” de denunciar el racismo de su actuación. Para proyectar su imagen de adulta sexual, rebelde y empoderada, Miley Cyrus utilizó a las bailarinas negras como atrezzo, le propinó un azote en el culo a una de ellas y, con su torpe interpretación del twerk, como ejemplo de baile sexualizado que centra toda la expresividad en una única parte del cuerpo (esto es, el culo) y con ello deshumaniza a quien baila, reforzó el estereotipo de las mujeres negras como mujeres con una sexualidad insaciable.

Se la ha acusado por ello de apropiación cultural, es decir, de explotación por parte de una cultura dominante (blanca, de clase media alta) de una práctica cultural marginal, en su propio beneficio. Se dice que el twerk proviene de bailes africanos y también que en los últimos diez años, al menos, se ha utilizado en la escena de la bounce music de Nueva Orleans, aunque también en otras escenas (si alguien conoce un trabajo etnográfico serio, será muy agradecido).

La apropiación cultural es una instrumentalización desde el desconocimiento, una interpretación distorsionada y frívola de una práctica cultural. Supone una falta de respeto y una degradación de la práctica apropiada y además contribuye a la esencialización de una cultura: las mujeres negras son “home girls with the big butt“; cuando Cyrus dijo que quería un disco con un “sonido negro”, se refería al estereotipo del gangsta y la bitch.

Entiendo perfectamente esta ofensa ante la apropiación del mainstream blanco de las culturas negras de los márgenes; ésa es la historia del rock’n’roll. Pero cuando la crítica se convierte en un repliegue en lo que supuestamente es la propia cultura, ¿no se refuerza precisamente el esencialismo que se quiere combatir? Si lo que queremos es destacar que las culturas no son algo homogéneo, sino diverso, y entender que dentro de cada cultura hay relaciones de poder que no tienen que ver con lo cultural, ¿de qué sirve inmovilizar esa cultura negra y decir algo como: “Hasta que se siga ridiculizando y degradando a lxs negrxs por los estilos, la música y el estilo de vida que crean, viven y respiran, ni tocarlos”?

Hace unos meses, tanto Lady Gaga como Beyoncé (que hasta donde sabemos es negra, pero precisamente pasta no le falta), se colgaban un pendiente con la palabra “ratchet”. ¿Ambas se apropian de una “cultura”?

Lady Gaga y Beyoncé con pendientes “ratchet”

¿De qué cultura estamos hablando? ¿Quién rechaza la apropiación? ¿Que nadie se “apropie” de una cultura beneficia a alguien dentro de ella?

Hablar de apropiación cultural sin analizar quién se apropia de qué sirve de poco. Estamos hablando del twerk, de un baile que, tal y como se interpreta mayoritariamente hoy, fragmenta y deshumaniza a quién lo baila. De nuevo, aquí se obvia el contexto en el que se producen las prácticas: Robin Thicke salió al escenario con 2 Chainz y Kendrick Lamar, dos hombres negros que sí tenían voz (no como las ositas) y que son compañeros y cómplices de Thicke en su representación hipersexualizada de las mujeres. En “Blurred Lines”, Thicke aparece con T.I. y Pharrell Williams. Thicke, como Cyrus, probablemente utiliza a los raperos para dar credibilidad a sus temas, pero en estos featuring ellos tienen voz y están en el mismo plano de colegueo, lo que significa acceder al reparto de las mujeres, en todas sus razas.

Una imagen del video de “Blurred Lines”: tres tíos vestidos y tres tías semidesnudas.

Decía una feminista negra sobre la falta de interés de las feministas blancas por denunciar el racismo y los estereotipos hipersexualizados de las mujeres negras: “Entiendo de dónde proviene esta desconexión; [las mujeres negras] tenemos una historia totalmente distinta, en términos de experiencias y de legado de opresión. Para las mujeres blancas, las marchas de las putas defienden la idea de que las mujeres se permitan a sí mismas ser más sexuales que sus antecesoras y exigen espacios para ello. Mientras tanto, las mujeres negras llevan varios siglos luchando por lo contrario. Históricamente, las mujeres negras son activamente hipersexualizadas; la lucha feminista negra es, por tanto, una lucha para eliminar esa asunción hipersexual de nuestros cuerpos. Pero, en este contraste, ambos movimientos son luchas para que a todas las mujeres se les permita expresar su sexualidad en toda su diversidad”.

No es casualidad que la hipersexualidad normativa para todas las mujeres jóvenes en la cultura postfeminista (con el pretexto de su supuesto empoderamiento) y el control de sus cuerpos para que entren en determinados cánones de deseabilidad recurra precisamente al estereotipo de la hipersexualidad de las mujeres especialmente negras y latinas, de clase baja. En el contexto actual, estas tendencias a la hipersexualización confluyen y los feminismos quizá podrían aprovechar esta confluencia para establecer alianzas más allá de las políticas de la identidad cultural y de clase. Por ejemplo, ¿por qué el perreo se parece tanto al twerk? Ah, no sé, no sé…

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10 pensamientos en “Miley Cyrus en la punta del iceberg

  1. Realmente no interesado en seguir haciendo esto viral (y antes del rebufo de los VMAs los anglosajones llevaban semanas y semanas hablando del vídeo musical). De todos modos interesante, las declaraciones de la directora de los videoclips de Miley Cyrus y Robin Thicke, Diane Martel:

    http://www.grantland.com/blog/hollywood-prospectus/post/_/id/80424/qa-veteran-music-video-director-diane-martel-on-her-controversial-videos-for-robin-thicke-and-miley-cyrus

    • Su justificación del video de “Blurred lines” es sexismo irónico a tope. “I find [the video] meta and playful”… Por lo menos dice claramente que el objetivo son las ventas.
      Que las mujeres miren a la cámara no las sitúa inmediatamente en “una posición de poder”. Son miradas típicamente seductoras, de Venus y webcams.

  2. Estoy de acuerdo con tu análisis en términos generales, pero a mí lo que más me ha llamado la atención de este fenómeno es otra cosa: La actuación de Miley ha sido criticada como algo excepcionalmente hipersexual, lo cual me parece lo más sorprendente. Hay una hipersexualización generalizada en la música mainstream y más en este tipo de eventos. Pensemos en Shakira, Beyoncé.. o cualquier bailarina utilizada precisamente de “atrezzo” a la que el cantante/rapero de turno dedica míradas lúbricas y letras que rozan la apología a la violación. Hipersexualización sin polémica alguna. El escándalo parece llegar en este caso al ser Miley el sujeto y no el objeto. Ha sido ella la que llevaba las riendas de la vulgaridad, la que lanzaba las miradas lúbricas, la que hacía amagos de sobar a Thicke.
    Vamos, que no hay problema representando a las mujeres como bellas criaturas medio en bolas sonriendo con dulzura a los deseos masculinos mientras mueven las caderas como si no hubiera mañana, pero sí cuando Miley se toca con una mano de cartón o conduce ella misma bailes sexualmente explícitos con un tío, saliendo del estereotipo de sumisión.
    También dudo que la intención de Miley Cirus fuese parodiar la sexualización en los escenarios, en una inesperada pirueta de contra-cultura. Supongo que más bien se trata de dar que hablar y hacerse conocer un poquito más. Pero me temo mucho que se ha criticado su actuación, no por sexual sino por no haberse quedado como mujer en ese segundo plano de sumisión al que desgraciadamente estamos tan acostumbrad@s.
    Un saludo

    • Sí, puede ser que parte de las reacciones vengan de ahí, porque ser objeto sexual sigue siendo más aceptable que ser sujeto sexual, sobre todo desde posiciones conservadoras.
      Pero también creo que las dos tendencias son normativas y que la segunda se vende como empoderamiento.
      Aquí lo explica Rosalind Gill en relación con la publicidad: “Empowerment/Sexism: Figuring Female Sexual Agency in Contemporary Advertising”. http://fap.sagepub.com/content/18/1/35.short

    • Estoy muy de acuerdo con tu comentario, de hecho me recuerda un poco a la critica que Gimeno hace de las acusaciones a Femen: la sexualidad de la mujer puede ser expuesta por otros, pero no por ella misma. Tambien muy de acuerdo con Laura y creo que es una nueva trampa patriarcal, la hipersexualizacion es normativa y desde hace mucho tiempo se vende como empoderamiento.

  3. Muy interesante el artículo. Estoy buscando una definición de cultura ratchet y no encuentro ninguna que me convenza. ¿Cuál te parece más acertada? Gracias!

  4. Pingback: Esceptica | Fugaces 09/09/13

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