Después del Rock (I)

Iniciamos con este una serie de posts extraidos de Después del Rock: Psicodelia, postpunk, electrónica y otras revoluciones inconclusas (Caja Negra, 2010) del crítico musical Simon Reynolds, libro recomendado a las Sras por Toni García (@aviador60). El libro es una recopilación de las columnas que el autor ha escrito para medios como Melody Maker, The Wire, Spin y Rolling Stones intentando cumplir con su objetivo de deconstruir el discurso pop sometiéndolo a una disección ideológica.

 

Mostraremos aquí algunos fragmentos correspondientes al capítulo titulado What a Drag! Postfeminismo y Pop escrito en colaboración con Joy Press e incluido previamente en el libro The Sex Revolts: Gender Rebellion and Rock and Roll (Serpent’s Tail 1994)

 

El término postfeminismo comenzó a circular a mediados de los 80′s como una de esas expresiones de moda que sugería vagamente la llegada de un nuevo Zeitgeist. Susan Faludi lo consideró como parte de la reacción contra el feminismo: “justo cuando las cifras de los discos de mujeres mas jóvenes estaban acompañando las metas feministas (…) los medios declararon la llegada de una ‘generación postfeminista’ aun más joven que supuestamente calumniaba los movimientos de mujeres.” Pero esta palabra de moda tambien se había utilizado en otro sentido, para aludir a una nueva ola de feminismo que no echaba necesariamente por la borda las agendas del feminismo de viejo estilo (igual salario, derecho al aborto, etc) pero si tendía a foicalizarse más sobre las representaciones mediáticas como campo de batalla.

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El postfeminismo guarda con el feminismo una relación semejante a la que mantiene el posmodernismo con el modernismo: juguetón allí donde su predecesor era sobrio, haciendo alarde de un sentido de la identidad irónico y provisorio mientras que los primeros “-ismos” creían en un yo auténtico. Ambas configuaraciones “post” alarmaban y ofendian a los tradicionalistas que insistían en que los respectivos “ismos” dificilmente podrían considerarse acabados porque su tarea jamas habia sido llevada a término.

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En un sentido mas concreto, el “post” parece sugerir la posibilidad de reclamar algunos de los aspectos estereotípicos de la feminidad que el feminismo había desechado. La pensadora francesa Luce Irigaray estaba ponderando estas posibildades allá por los ’70: “Una debe asumir el rol femenino deliberadamente. Lo cual significa convertir una forma de subordinación en una afirmación y así comenzar a desbaratarla. “

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Las minorias han adoptado esta estrategia: los homosexuales transforman términos peyorativos como “putos” (queer) o “tortilleras” (dyke) en insignias de orgullo, raperos gangsta hacen de “negro” (nigga) un saludo fraterno. Esta subversión del lenguaje –que invierte literalmente el significado mediante una afirmación de términos negativos, excluyentes- sostiene Irigaray que podría interferir la “maquinaria teorética.” Es una aserción desafiante de la diferencia, un rechazo de las fantasías progresistas de integración y asimilación: no queremos ser igual a vos. Asi como el gangsta rap desconcierta por igual a los blancos liberales y a los negros combativos exagerando los estereotipos mas negativos de la delincuencia negra, del mismo modo las artistas postfeministas han jugado con estereotipos como la vampiresa o la puta. En ambos casos, es una estrategia de doble filo, cargada de potenciales maletendidos.

 

 

El texto nos hace cuestionarnos acerca del postfeminismo: ¿es una reacción antifeminista que nos hace creer que todo está ya superado? O bien, ¿es una ampliación de las metas del feminismo? En este caso, ¿no sería mas correcto y menos confuso dejar de lado el prefijo -post?. En el Estado Español la nomenclatura postfeminista ha sido empleada por parte sobre todo de artistas que se han dedicado a explorar temas que hasta el momento habían estado fuera de la agenda institucional dando lugar a movimientos como el postporno. Sin embargo, no tenemos tan claro como el autor que el -post sea un prefijo sin carga política e intención reaccionaria y que, en cambio, ayude a resignificar el lenguaje, estaríamos de acuerdo con él, en que estaría cargado de potenciales malentendidos. En este sentido, ¿funciona la resignificación en todos los casos? ¿Es posible resignificar la palabra maricón?, y ¿la palabra puta? ¿tienen profundidad y generan cambio social esas resignificaciones?. De la misma manera que hace falta un otro y una interacción para generar una identidad y una subjetividad, nos hacemos la pregunta de si los conceptos pueden adquirir el sentido opuesto y generar un cambio político y no solo estético. Dejamos aqui esta reflexión abierta, en absoluto resuelta, con el ánimo de que sea conjunta, para seguir explorando en próximos posts mas textos de Simon Reynolds.